lunes, 18 de marzo de 2013

EL TREN DE LOS DÍAS


"Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo."
Julio Cortázar.

               Convencido estoy de que a los instantes iluminadores en este periplo llamado vida he llegado de forma circunstancial, a tientas, oscilando entre el sueño, la vigilia o recurrentemente trastabillando como un ebrio echado de un bar, buscando una buhardilla para tratar de comprender mis actos y si acaso el mundo. Creo de igual forma, que el ir y venir de los días es un antifaz que recubre de forma oblicua lo esencial en las cosas. Somos una errata en cada trecho recorrido. Mientras los rebaños de gente van y vienen allá arriba, me traslado en el gusano naranja. En el subsuelo, la cotidianidad late ferozmente: grita, reclama, discute, se fajonea, se pitorrea, hace de las suyas, regalando un panorama carnavalesco y disímil digno de una alegoría lyncheana.

Rumbo a la estación chabacano recuerdo aquella tarde soleada caminando con un amigo ciertos callejones en la ciudad de las flores. ¡Mira, ahí vive el Pitol! Tenía una ligera sospecha de quién era, pues en algún anaquel de la rueca de Gandhi alcancé a leer su nombre por aquellos años preparatorianos, mas no me había aventurado en su prosa –de manufactura sublime, decía mi acompañante- que años más tarde acabaría por ser referente y compañero en esos momentos de claridad que conservo en la memoria, los cuales, a través del nomadismo en sus letras producto de ese incesante ir y venir por el globo, la sesuda reflexión literaria plagada de referencias, escenarios, excentricidades y ese amor por el lenguaje me han develado ese otro andamiaje que habita en nuestro interior tras la mirada; ese que está ahí entre rastros de sueños que escapan como mariposas durante el día y han hecho que habite el mundo en múltiples instantes desde otras latitudes.

Acercarme a los libros de Sergio Pitol ha sido un viaje riquísimo entre infinidad de paisajes, ciudades, personajes disparatados, relatos brillantísimos y alucinantes que dejan en entredicho que el escritor fabrica a manera de alquimista perdiéndose en una utopía privada el laboratorio de lo posible;  donde la dedicación literaria, los sueños, angustias, imaginación y parodia confeccionan una realidad alterna que llevamos en los bolsillos por las esquinas de la vida y finalmente se nos revelan en una  literatura rica y estimulante. El lector debe ser un buen conversador, de lo contrario, el resultado será una colisión estrepitosa que nos dejará babeando en la banqueta más confundidos que al inicio de nuestras lecturas.

Un paciente – el propio Pitol- hundido y perdido en sus laberintos llega al consultorio del doctor Federico Pérez  para desterrar su relación con el tabaquismo por medio de la hipnosis.  Durante el trance el personaje llega a un intricado de imágenes desordenadas resbalando directito a una encrucijada  que lleva guardada hace más de cincuenta años – la imagen de su madre ahogada a la orilla de una poza-.  Encara la pesadilla y explota en llanto producto de los infiernos no extintos. Recorremos los días con una losa invisible y pesadísima en la espalda; evitando con sigilo que los dolores del pasado vuelvan a cachetearnos en otros momentos, en otras personas, en otras caricias. Somos camaleones por antonomasia. Vindicación de la hipnosis, sin duda, me dejó perplejo aquella tarde en mi habitación. Descolocado, salí a conseguir más libros del Mago de Viena. Cuerpo presente y Victorio Ferri me deslumbraron de igual forma en ese   infierno de todos horneado durante su exilio en Tepoztlán. El desfile del amor y la vida conyugal favoritos de ese tríptico “El carnaval”. A partir de ese momento supe que siempre regresaría a sus libros y conocería con el tiempo a Chéjov, Gógol, Nabokov, Gombrowitz, Conrad, pintura y personajes de la cultura mexicana que compartieron años fructíferos con el premio cervantes.

El arte de la fuga –me aventuro a decir- en sus cuatro apartados: memoria, escritura, lectura y final  es un libro iluminador donde el autor va concatenando uno a uno los elementos del rompecabezas personal consolidando una pieza de orfebrería producto del viaje, la crónica, los sueños,  memorias, instantes y un amplio bagaje  de afirmaciones y contradicciones mediante un estilo refinado y concienzudo. Sin duda, es el recordatorio de un hombre que se encuentra en paz con su propia historia: “este libro es en cierta manera una recopilación de desagravios y lamentaciones, un intento de apaciguar desasosiegos y cauterizar heridas”. Invito al curioso a internarse en estas aguas y dejarse llevar por el oleaje. Es posible que despierte en un puerto seguro.

A un año de distancia en que decidí quemar las naves para dirigirme de bruces a una ciudad que ignora mi presencia, escribo -rodeado de algunos ejemplares firmados aquella mañana en la que compartí un café con el personaje/escritor- tratando de hilvanar lo que llevo guardado en mi mochila de viajes, la cual, se va llenando de con el paso de soles y lunas de música, lecturas, descubrimientos, perplejidades, desatinos y casualidades que van regresado a mi vida de forma muy misteriosa para regalarme mañanas de inmensa alegría, confirmando una vez más que todo está en todas las cosas.

“Escribir me parece un sinónimo del acto de tejer y destejer algunos hilos narrativos arduamente trenzados; los finales por lo general quedan abiertos, será el lector quien trate de cerrarlos, de resolver el misterio planteado, de elegir algunas de las opciones sugeridas; el sueño, el delirio y la vigilia se confunden…, lo demás son palabras”.


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