jueves, 18 de julio de 2013

LO PERDURABLE


          El único espacio en donde podría considerarse la no valoración del bien y el mal sería la eternidad. Lo menciono porque en ella no habría permisividad alguna en la discusión –que absurdamente se vuelve eterna-  del reclamo del mal y de la necesidad del bien; sería en naturaleza (si se permite utilizar dicho término) el desprendimiento de todas aquellas lucubraciones que surgiesen del unísono binomio, la balanza simplemente dejaría de tener un sentido, no habría cabida en su regulación, equilibrio y existencia, ésta convirtiéndose ahora en algo infinito.

La inmortalidad descansa en la muerte, ahí surge,  es el  miedo primario del hombre que corresponde al escenario de los miedos primitivo: al desastre, al rechazo y a la caducidad.  Tendría entonces el hombre que conformar una idea que pudiese destituir el último de los niveles  de la naturaleza humana, siempre y cuando le pensemos como marco fisiológico, dado que la muerte tiene sus propias condiciones de análisis ajenas a todo carácter natural, colocándonos en la posibilidad que ella es la trascendencia a otros niveles, otros estados.  La muerte podría ser entonces la substancia de la inmortalidad; ambas funcionan en condición y existencia de la otra. La resolución que daría el hombre a su gran causa de ansiedad y angustia, el reconocimiento  triunfante ante el dejar de existir: la religión y su preciada recompensa, la mayor parte de las religiones tienen dar fin al dolor a existir, vendrá –paradójicamente- la eternidad;  el existir será entendido como una utopía, a excepción del suicida, aunque esto abriría paso a otra discusión. Los paraísos son una idea muy arcaica del hombre, transfigurados en cada una de las realidades culturas; hay placer permanente en ellos (aunque que nos suene a herejía), lugares en los que se excluye toda preocupación, dolor,  lugar en el que te ves perpetuado en tu mejor momento, en tu mejor forma, en tu mejor ideación al respecto de ti.

Su propiedad dentro del vínculo religioso, la promesa del paraíso (una idealización del bien social, de lo buscado, de lo eterno que merece ser vivido). Esto no es necesariamente algo nuevo, lo menciono por el entendido que esta idea de la inmortalidad está presente en todas las manifestaciones religiosas, sectarias, asociadas a la posibilidad de ser una de las muchas “caras” de lo inmortal.

Como comentario interpuesto sería pertinente mencionar que la momificación es una evidencia clara del hombre por  demostrar en forma “física” una resistencia y una durabilidad de la que por entendido está muerto. Hombres muertos que en apariencia hagan pensar al pueblo o comunidad que “viven”, que están con ellos, que viven por ellos trasgrediendo el tiempo; es la figura que brinda un cuidado infinito, siempre resguardando, protegiendo.  Faraones egipcios, emperadores Incas, socialistas y bolcheviques en ataúdes, otros tantos en mausoleos vivientes que dan balance y sentido a la fe polìtica de un pueblo; sacerdotes, indios, mártires de efectividad milagrosa se les concede una eternidad “artificia” (aquí tal vez es un uso impropio, un pleonasmo, dado que las eternidad es hasta ahora, un pensar ficcionado).

El cuerpo conservado, aquel que no coagula, no se pudre y en tanto fluye. La negativa a la descomposición del cuerpo es donde se pone en evidencia la minúscula manera en como percibimos a lo perdurable, le medimos regularmente como el cuerpo-hombre, idea de cuerpo comprendida en totalidad corpórea. Se desconoce, se desprecia la idea del cuerpo como ambiente, como música, como el arte mismo, como otras tantas composiciones que en efecto pudiesen sí, ser entendidas como etéreas y perdurables; una idea misma, un pensamiento es para siempre. Entonces el cuerpo se entiende como un monumento, el templo pulcro que debe presentarse renovado, moderno, actual, deseado, perfecto, envidiado y demandado; la demanda de lo nuevo que ahora es viejo, aunque con posibilidades de renovarse, mejorarse. Aquí sendas contradicciones  ¿Cómo podrías desear lo perdurable, si el deseo es precisamente algo que se transforma? No tendemos a repetir nuestros deseos, en consecuencia no son perdurables. ¿Si el efecto es reconocido sólo en lo novedoso, en tanto todo pasa, pasaría, no hay finitud, no habría pues eternidad? Habría proseguir; ser el mismo en otras circunstancias, sin embargo con las mismas ganancias y las mismas pérdidas.

 El Frankenstein de Shelley es un efectivo ejemplo en donde se formula una primera necesidad en donde la idea de sopesar la muerte (razones propias de la autora; la muerte repentina de su madre y después de su hija, su obra sería una sublimación inmediata). Shelley propondría en su “Eterno” Prometeo esa primera integración entre ciencia, ficción e inmortalidad como respuesta de la frustración del perder, del no perdurar lo que deseamos que sea perdurable, la vida en sí misma, presentándonos al hombre-dios, el hombre capaz de crear vida (aspecto no muy lejano a la búsqueda primordial de la ciencia). Frankestein es entonces la propiedad –literaria- del primer hombre que desafía y  desarticula la incógnita de dos hechos: la creación y la perpetuación de la vida; a la par incluyendo el paliativo de la angustia por el seguir viviendo (como un monstruo) y del cómo vivir de esa manera, propiciando el siguiente cuestionamiento ¿Para qué perpetuarse si no hay posibilidad de entender el lugar que habito, que vivo? O ¿Reducirse a eternizar lo cotidiano, vivir por vivir una monstruosidad? Otro  indicio de la eternidad corresponde a la obra clásica de Bram Stoker, Drácula. La figura vampírica es el desbordamiento del deseo, de la eternización de la juventud y de todas las ventajas que le acompañan, máxima la sexualidad y la erotización del vampiro. Si bien ha sufrido transformaciones bajo el paso del tiempo no pierde su atractivo primordial, la inmortalidad. Hay en esto un particularidad que así mismo comparte con otros referentes no necesariamente literarios, su objeto, el medio mismo para ser eterno es la sangre, permitiéndome mencionar que la concepción de la infinitud evoca a ciertos símbolos colectivos, es decir, lo inmortal es una idea y en tanto un bien global, la sangre es una evidencia. Más la eternidad inscrita en el vampirismo es perennidad castigada, el permanente mal. El castigo es una de las introyecciones más claras del artefacto eternidad como lo es el amor (indurable por siempre), otredad del hombre que significara sus futuros.

El hombre persiste en verse en el futuro, no concibe el futuro en ausencia de él, busca la inmortalidad como preservación dirían los organicistas, como perpetuación dirían los metafísicos, como transición dirían los místicos, como recompensa   dirían los religiosos; el hombre actual diría: “el tiempo no me alcanza para vivirle, vaya, que el digerirle y sufrirle parece ser la última opción. No deseo más vida para entender las causas y las razones del existir, no. Deseo vivir eternamente para darle –de ser posible- entendimiento a la reiteración.”

Un recién conocido pertinentemente me dijo: “la eternidad es una obstinación del hombre que no sabe manejar”, complementaria “… y al no comprenderle se aferra, motivo –de muchas- ideas eternas, inevitables e incalculables se vuelven sus deseos de pensarse por siempre distinto en otros planos.” Ese lugar tendría asomo en un paraíso, efectivamente, el paraíso descrito por Borges, la biblioteca de lo eterno, porque lo único eterno en el hombre son sus creaciones, su conocimiento.


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