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jueves, 14 de agosto de 2014

ESPERANZA


Debo reconocerle al lector que, cuando me propusieron esta temática, no pude sino renunciar a escribir. No se puede escribir de lo que uno no sabe o carece. ¿O, sí? Siempre me han inculcado escuchar y no hablar de lo que no sé. Pero, si aceptaba el hecho de que no sabía de esperanza, estaba reconociendo que yo era un ser desesperanzado y esto no es exactamente cierto. Así pues, debía algo, por pequeño que fuera, que yo pudiera aportar.

Desde la noche de los tiempos, la humanidad tiende a representar lo que le sucede, lo que siente, sus formas de hacer, su visión del mundo. Desde guerras hasta escenas de la vida cotidiana y la esperanza, por extraño que parezca, es un hecho cotidiano. Por lo tanto, ¿cómo hemos representado a la esperanza? ¿Qué es la esperanza?

La esperanza es algo muy subjetivo y depende desde el prisma que se observe y responde a la cultura que la defienda. Puesto que no puedo hablar de lo que no sé, no puedo hablar de las culturas orientales, africanas, americanas o nórdicas; no obstante sí puedo hacer una revisión iconográfica de la esperanza en mi añorado Mediterráneo, en mi cultura greco-romana, a veces empapada de cristianismo.

Empecemos.

Uno de los primeros símbolos que representan a la esperanza es el ancla o áncora. Los primeros artistas mediterráneos usaban el ancla como alegoría de la navegación, sin embargo, el hecho de mantener la embarcación asegurada hizo que se transformara en una alegoría de la esperanza. Es aquello que nos mantiene firmes ante las dificultades.

Para los greco-romanos este símbolo evolucionará y pasará a ser la parte sólida del ser humano que le permite mantener la estabilidad cuando embisten las sensaciones y sentimientos, por lo que no se aleja demasiado de su significado primigenio.

Este ancla es tomada por el cristianismo también como símbolo de esperanza y como dijo San Pablo «En la esperanza tenemos como un áncora del alma». El áncora es tomada en el cristianismo primitivo como símbolo de salvación y esperanza. Generalmente está en posición vertical, con un delfín o un pez que representa a Jesucristo.

En Roma, la Esperanza era una joven ninfa alada, de sereno rostro, coronada de flores. Vestía de color verde, color de los frutos y flores al nacer, promesa de una cosecha; de vida. Si la esperanza alimenta el amor, suele ir acompañada del arco iris.

Es por esto que, para nosotros, la esperanza es verde.

En Grecia, la esperanza viene representada por el mito de la Caja de Pandora. Cuando Prometeo robó el fuego que portaba el dios Sol en su carro, Zeus se enfureció y ordenó los dioses crear una mujer capaz de seducir a cualquier hombre y cuyo nombre sería Pandora. Hefesto la moldeó en arcilla con formas sugerentes; Atenea la vistió con elegantes vestiduras y Hermes la dotó con el don de la seducción y la manipulación. Zeus le concedió la vida y la envió a casa de Prometeo que vivía con su hermano Epimeteo, quien a sabiendas de la posible venganza de Zeus, recibió a Pandora. Epimeteo no pudo resistirse a sus encantos, se enamoró de ella y la tomó como esposa.

Pandora poseía un ánfora que guardaba todos los males y bienes capaces de contaminar el mundo, pues hasta la fecha no existían ni la enfermedad, ni la locura, ni los vicios, ni la pobreza ni los nobles sentimientos. Pandora, curiosa, un buen día decidió abrir ese ánfora, pues desconocía su contenido. Al abrirla, todos los males se escaparon y se expandieron por todo el mundo asaltando a los humanos. Los bienes, sin embargo, subieron al Olimpo y se quedaron junto a los dioses.

Cuando Pandora se dio cuenta de esto, presa del pánico, cerró de golpe la caja, quedando la esperanza encerrada en ella. Curiosamente, la esperanza era necesaria para superar lo males que acosaban al hombre y, Pandora corrió a consolar a los hombres diciéndoles que ésta estaba a buen recaudo y que siempre podrían acudir a ella.

Viendo esto, desde nuestros más profundos orígenes, la esperanza está ligada a la fortaleza, al sustento, a la mujer, a la vida, a la naturaleza. Siendo México una sociedad con un claro acento de matriarcado, ¿no será en el fondo una sociedad esperanzada, que se resiste a sucumbir?

Le dejo al lector la respuesta.

jueves, 27 de marzo de 2014

UN PENSAMIENTO ACCIDENTAL


     Si uno se atreve a buscar el secreto encerrado en esta palabra se asombrará de lo que puede encontrar. La palabra “accidente” deriva de la palabra accĭdens, -entis cuyo significado es “suceder”, por lo tanto nos indica acción. Un accidente sucede, valga la redundancia, de tal forma que no se puede evitar, es por ello que es un accidente; si no, sería otra cosa: un atentado, un ataque… Así que en la palabra “accidente” conviven la actividad y la pasividad de manera que la palabra implica acción y no-acción ya que no hay voluntad de que eso suceda. Esto quiere decir que esta palabra es armónica puesto que, en su lexema y en su connotación, conviven dos opuestos: actividad e inactividad. Pero esto no es todo, además, esa armonía existente entre los significados se ve rota por el caos que sugiere la palabra accidente. Así pues, hay una doble oposición en esta palabra: actividad y pasividad; armonía y caos.

Como decía, la palabra “accidente” encierra entre sus letras muchos secretos, visibles para aquellos que lo deseen. Existen dos opuestos. Dos es un número primo y todos ya sabemos lo individuales que son los números primos. De hecho, el 2, es uno de los dos números que en su representación decimal no acaba en 1, 3,7 ó 9. Así que no es de extrañar que Aristóteles, siendo científico como era, tomara esta mágica palabra para romper el dilema que se había establecido años antes entre cambio y permanencia. Haciendo un resumen: Heráclito defendía que todo estaba en movimiento, que todo es cambiante y no estático; Parménides, sin embargo, que no existía el devenir, que todo era estático. El primero defendía que la verdad es consecuencia del devenir y por lo tanto hay diferentes formas de alcanzarla; el segundo, que sólo había un camino hacia la verdad. Visto esto, para Heráclito el ser puede ser y no ser ya que todo es cambiante; pero Parménides no cree que el ser sea cambiante; siguiendo este hilo, para Heráclito la esencia del mundo no se puede captar, ya que siempre está cambiando mientras que para Parménides sí se puede captar… (largo etcétera). Platón, que fue maestro de Aristóteles, trató de resolver estas diferencias mediante la dialéctica en su Teoría de la Razón, pero no pareció convencer a todos con eso del mundo sensible y el mundo de las ideas en donde combinaba la filosofía de Heráclito y de Parménides —por cierto, Platón era discípulo de Heráclito—.

Así que, “accidente” es un concepto metafísico que otorga que las determinaciones de la sustancia pueden cambiar permaneciendo en ésta. Aristóteles distinguía entre dos tipos de accidentes (he aquí de nuevo al número 2). Los cambios sustanciales y los cambios accidentales. Los cambios sustanciales son aquellos en los que aparece o desaparece la sustancia y solo pueden ser dos — ¡otra vez el dos!—: generación y corrupción. Los cambios accidentales, por su parte, son aquellos que se producen en la sustancia sin que su forma cambiara; estos accidentes son locales, cuantitativos y cualitativos.

Así pues, el nacimiento de una persona sería un cambio sustancial por generación. Si esta persona nace en Sinaloa y se muda a Veracruz sufriría un accidente local, es decir, cambiaría su ubicación sin que esto permutara su esencia pues sigue siendo persona. Si esta persona perdiera peso, sufriría un cambio cuantitativo, pero no dejaría de ser. Finalmente, si esta persona decidiera teñirse el cabello o tatuarse sufriría un accidente cualitativo. Cuando llegara el día de su muerte, ésta sería por corrupción —sin que esto se mal interprete— y sería su último cambio sustancial.

Esta diferenciación entre sustancia y accidente permitió a Aristóteles solucionar el dilema que había quedado expuesto en la Teoría de las Ideas entre cambio y permanencia. Los accidentes sólo pueden suceder en la sustancia, por lo tanto existen en tanto que existe la sustancia y su ser es analógico. Yo lo que todavía no llego a entender es la repetición constante del dos, ¿realmente se puede explicar o si se trata simplemente de un «accidente»?


lunes, 13 de enero de 2014

LOCURA


     Me alegra profundamente que se hable de la locura, puesto que es un término, que hasta el día de hoy, creo, no está bien definido. Desde la noche de los tiempos ha habido locos y lo único que ha variado es qué se entendía por tal. La locura ha sufrido transformaciones: desde aquellas maniobras “sobrenaturales” o “demoníacas” de la Edad Media hasta “determinados comportamientos que rechazan las normas sociales establecidas” del siglo XIX hay mucho camino recorrido y, no obstante, profeso que no queda claro qué es la locura. Yo que soy muy necia y que debería embarcarme en la nave de Brant tengo una visión un tanto absurda –como la locura misma – de lo qué es la locura.

Distingo entre locura y enfermedades mentales; quizás estén muy unidas, pero sí me parece que hay una delgada línea que las separa. Desde mi ignorancia, supongo que toda enfermedad mental está causada por una serie de desarreglos químicos provocados por condiciones naturales (genética) o artificiales (abuso de drogas, mala alimentación, locura, etc.); por así decirlo, cosas que no se pueden evitar aunque sí se pueden subsanar de algún modo y nada tienen que ver con el deseo del individuo.

No obstante, la locura está estrechamente ligada a la voluntad del ser, a la aceptación y a la adaptación de ciertas pautas y comportamientos, los cuales entiendo que no suponen el rechazo de las normas sociales, como se ha defendido. Más bien creo que la locura presume adoptar esas normas sociales. Aclarado esto, ¿qué es la locura?

Locura es dejar de ser uno mismo porque lo que uno es y representa no es aceptado por la sociedad. Locura es levantarse al alba para recorrer una ciudad infestada de almas en pena para llegar a un trabajo que no complace, tan siquiera económicamente. Locura es renunciar a la comida, torturarse con dietas dignas de Auschwitz-Birkenau. Locura es convivir con el sufrimiento; con la muerte interna. Locura es vivir por el qué dirán. Locura es luchar contra los propios instintos. Locura es hacer de tu vida Facebook, Twitter, Hi-5 o cómo se llame la red del momento. Locura es que tu vida dependa del antro, del número de “amigos”, de la marca de la botella, de la línea de coca, de las metanfetaminas, de la mariguana, de los ácidos, del gimnasio, del diseñador que te (des)viste. Locura es vivir en la miseria de la tristeza. Locura es creer a pies juntillas en lo que se diga en Internet o en la Televisión.

Locura es pretender que el hecho de tener un título, “licenciado X”, “ingeniero Z” o “arquitecto Y,” te va hacer mejor persona. Locura es pensar que debes estar casado a los 25 o ya valiste. Locura es traer al mundo niños sin pensar en cómo mantenerlos, o lo que es peor, cómo educarlos. Locura es no querer salir a la calle por miedo a lo que te puedan hacer o lo que puedas hacer. Locura es mirarse al espejo y desconocerse. Locura es tener 25 años y ser muy joven para ser candidato a un puesto de trabajo o tener 54 y ser demasiado viejo para poder optar por un trabajo digno. Locura es que los impuestos sean mayores que los ingresos del ciudadano promedio. Locura es tener miedo a crecer. Locura es soñar. Locura es que el mundo se rija por la ley del más fuerte. Locura es la deshumanización del ser (in)humano. Locura es la avaricia.

Locura es querer cambiar el sistema cuando el sistema nos está cambiando. Locura es flagelarse por los errores cometidos, no aprender de ellos y reiterarlos. Locura es no vivir, limitarse a sobrevivir. Locura es abandonar todo por un sueño, que el sueño se quiebre ante tus ojos, frágil cual vidrio, y seguir luchando por algo que ya no existe. Locura es no aceptar el cambio. Locura es el consumismo. Locura es el comunismo. Locura es buscar un lugar en este mundo diferente al asignado y locura es conformarse con lo estipulado. Locura es querer ser y no poder ser. Locura es ser consciente y vivir inconscientemente. Locura es la genialidad del momento y la sencillez del segundo. Locura es no gozar de los pequeños gestos: una sonrisa, una caricia, un rayo de sol, el ronroneo de un gato, la voz de un niño, el silencio. Locura es vivir en la opulencia y no gozar de nada. Locura es el amor, es el odio. Locura es la guerra de medios, la guerra de física, la guerra contra uno mismo. Locura es el desvanecimiento de la tolerancia. Locura es desear ver con los ojos cerrados. Locura es saltar al borde del abismo. Locura es aferrarse a la idea del mundo del bienestar.

En definitiva, locura es todo lo que nos obliga a no ser. La locura es la negación del yo y su aceptación. Es la sumisión y el autorechazo con fines de autocomplacimiento, máscaras de una pretensión por contentar a una sociedad que jamás estará conforme porque está erigida por seres profundamente insatisfechos, ya que se niegan para llegar a SER lo que no SON. La locura es el desagrado general, la marginación colectiva en aras de un bienestar inexistente, negado por nosotros mismos. La locura es el Dasein, ser-en-el-mundo.

En palabras de Nietzsche, «la demencia en el individuo es algo raro; en los grupos, en los partidos, en los pueblos, en las épocas, es la regla.»



jueves, 7 de noviembre de 2013

DE LAS MOIRAS, PARCAS, NORNAS Y DEMÁS MUJERES


           De la Muerte, se puede hablar largo y tendido. Desde los miedos que provoca en lo más profundo de los corazones a los diferentes nombres y representaciones que ha tenido a lo largo de la Historia. Podría escribir innumerables páginas con nombre, formas y culturas. Desde su representación en la Prehistoria hasta su simbolismo actual en México; por ejemplo, mediante la Catrina o la Santa Muerte. No obstante no es ese mi deseo. Me mueve el interés por mostrar a la MUJER como MUERTE y la TRANSFORMACIÓN de esta imagen con el nacimiento del CRISTIANISMO.

Es por este motivo que he tomado TRES mitos, deidades o llámeseles como quiera que representan TRIADAS femeninas de la muerte y el destino que el Cristianismo adaptará para dar lugar al origen de las Tres Marías restándole importancia a la figura de la mujer en detrimento de la del hombre. Las triadas masculinas y femeninas en las mitologías es algo común debido la importancia del número tres. Se conoce que el número tres era el más sagrado de los números. Se le han atribuido virtudes místicas. Era la base de la perfección al considerarlo la imagen del ser supremo en sus tres personalidades: material, espiritual e intelectual para Platón; principio, medio y fin para Aristóteles. Símbolo de la perfecta armonía del factor de conservación y del progreso.

Los mitos greco-romanos, hablaban de las Moiras o Parcas. Se trataba de unas hilanderas que tejían los destinos de los humanos. Trenzaban tres hilos: uno de lana blanca, la vida misma; otro de oro, los momentos felices, y uno negro que representaba los momentos aciagos. Tres eran estas hilanderas: Cloto (Nona para los romanos), hilaba la hebra de la vida; Láquesis (Décima) medía con una vara la longitud del hilo de la vida, y Átropo o Aisa (Morta) era quien cortaba este hilo.Cloto o Nona representaba el nacimiento, Láquesis o Décima, el matrimonio y Átropo o Morta, la muerte. También escribían el destino de los hombres en muros de bronce y lo que ellas escribían, nadie lo podía borrar. Curiosamente, Morta es hija de Júpiter, dios de la noche y su madre es la diosa Nox, regente de la oscuridad. Morta será la Parca que hoy en día conocemos.

Esta tríada greco-romana encuentra su homóloga en la tradición nórdica representada por las Nornas. Las Nornas son: Urd, que representa el pasado. Se trata de una viejita que siempre mira hacia atrás; Verdandi, es una bella joven que siempre mira hacia delante porque mira el presente; y Skuld que es el futuro, representada leyendo un libro que aún no está escrito y, en ocasiones, es una Valkiria. Ellas tejen los tapices de los destinos, la vida de cada persona es un hilo en su telar y la longitud de cada hilo es la duración de la vida de dicha persona. Tal es el poder de las Nornas que ni los dioses escapan a su influjo.

De la misma manera, los druidas consideraban el tres como de gran influencia dentro de sus prácticas sagradas. Los Mirthras suponían que el Empíreo se sostenía por tres inteligencias. Es por ello que nos encontramos con Morrigan o Carrignton —Carrie, para los amigos— la diosa de la guerra, de la muerte y de la destrucción en triada con Babd y Macha. Se dice que Morrigan es doncella, madre y viuda. No está muy claro si eran tres o tres las formas que tomaba. Además, también representa la renovación y la muerte que da luz.

Badb, encarnada en la figura de un cuervo, en ocasiones se transformaba en una espantosa arpía para crear confusión en la batalla. Mientras que Macha se asocia con la guerra, los caballos y la soberanía y siempre aparece asociada a las otras dos. El Cristianismo, en su afán por difundirse fagotizó estas triadas de los pueblos bárbaros y las convirtió en algo que trabajara en su provecho. No con ello estoy diciendo que el Cristianismo sea una religión oportunista, sino más bien que aquéllos que la difundieron supieron sacar provecho de los otros mitos para lograr su propósito.

Generalmente, se suele relacionar estas tríadas bárbaras con las Tres Marías: María (la madre de Jesús), María Magdalena y María de Betania (hermana menor de Lázaro de Betania y de Marta de Betania). Los expertos apuntan que existe cierta oposición entre las personalidades de estas dos mujeres: Magdalena sería el arrepentimiento, la ley y los profetas, en otras palabras, el Antiguo Testamento. Mientras que María de Betania sería el amor libremente escogido y, por lo tanto, el Nuevo Testamento.

Dentro de la iconografía cristiana, las Tres Marías son símbolo de la crucifixión, del descendimiento y de la resurrección. En cierto modo, quedan relegadas a un segundo plano, puesto que ya no influyen directamente en el destino de los hombres aunque sí son testigos del momento que determinaría el destino de la humanidad. El Cristianismo se sirve de las tres triadas anteriores para crear su propio mito que se encuadraría de la siguiente manera: María Madre, dio vida a Jesucristo por lo que la Cloto griega, que representaba el momento del nacimiento, quedaría encarnada bajo el papel de María Madre; también representa el pasado, la viejita Urd.

María Magdalena, según los testamentos apócrifos, fue la esposa de Jesucristo incluyendo así a Láquesis o Décima y a Verdandi, la bella joven que representaba el presente. Según se entiende en los evangelios, María Magdalena era una bella prostituta. Por último, si creemos que María de Betania simboliza el Nuevo Testamento, como sugieren los expertos, entonces, aquí aparecería la figura de la tercera Norna, Skuld, que lee un libro que aún no está escrito. No olvidemos que el Nuevo Testamento es una obra escrita por los discípulos tras la muerte de Jesús.

Aún hay más, todo es mucho más complejo. La muerte de Jesucristo es dolorosa, es cruel. Representa la soberanía de los romanos y la traición de los sacerdotes judíos, la manipulación del pueblo: he aquí a Morrigan siendo una o tres. Diosa de la guerra, de la sangre y de la confusión. En la tradición cristiana, el cuervo aparece como símbolo de indecisión, infortunio y venganza ¿no era Babd un cuervo? ¿No se “vengan” los sacerdotes judíos de Jesucristo? ¿No los romanos tratan de mantener su soberanía impartiendo “justicia” a petición de los judíos? ¿No veían a Jesucristo como un posible foco de rebelión que ponía en tela de juicio su mandato?

Tres veces negaron a Jesús antes de su muerte, tres mujeres lo acompañaron en su calvario y tres días transcurrieron hasta su resurrección. Transformada la mujer en una mera compañera del hombre, es necesario reforzar la simbología del tres. Es por esto que son tres los episodios que implican el número tres para darle muerte definitiva a las tres mujeres que controlaban la vida y destino de los hombres (entiéndase humanidad) para que renazcan mudadas en el hombre (ahora, sí; varón) que ha de regir el destino de la Tierra. La fusión de estas triadas con la crucifixión, el descendimiento y la resurrección tiene su transformación máxima en Jesucristo. Como hemos dicho anteriormente, Morrigan también era muerte que daba luz. Jesucristo vino al mundo para iluminar a los hombres y por su muerte logró su salvación.

Es así como yo entiendo que muere la mujer como ejecutora del destino. Como con el Cristianismo se mata a la mujer, que deja de ser actor principal en la vida, que es algo más que madre; para morir y transformarse en el hombre. Es una muerte que da vida, que transforma, que genera otra identidad.

                              […]Oh, desmayo dichoso!
                              ¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!
                              ¡Durase en tu reposo,
                              sin ser restituido
                              jamás a aqueste bajo y vil sentido! […]

                                                                                       
                                                                                       Oda a Salinas (Oda III de Fray Luis de León)


miércoles, 4 de septiembre de 2013

PÁRAMO YERMO


           Al pensar en un desierto, lo primero que me acude a la cabeza es una vasta extensión de fina arena dorada con cientos de dunas, algún camello y, quizás, un oasis perdido. Si me esfuerzo un poco más, se cambian los camellos por coyotes, los oasis por cactus y las dunas por rocas. Sea como fuere, siempre, de día hace un calor abrasador y de noche un frío mortal.

Después de todo esto, la mente se vuelve más exquisita; la idea de desierto cambia por completo. Desaparecen las arenas, las dunas, cactus, camellos y coyotes; se extiende ante mí una inmensidad helada que se extiende, cual cuchillo, desde las estepas hasta los polos. Montañas de hielo, ríos helados, océanos de cristal gélido, perpetúas nieves. La vida no es más que un espejismo, un sueño, algo frágil y tenue en continúa lucha.

Sea como fuere el desierto evocado por el imaginario, existe una constante: la vida se aferra en condiciones extremas; la vida pide vivir. En el Gobi, el Sahara, Arizona, Antártida… llámalo X, la vida es prácticamente un milagro. La Naturaleza muestra sus más ingeniosas estrategias de supervivencia y adaptación que varían: modificaciones genéticas —orejas más grandes que refrigeran el cuerpo; plantas microfilas; largos mantos de pelo—, sueños por largos períodos (hibernación, estavación, incluso, ambos), etc. En resumen, los niveles de radiación son mayores, no hay sombras, carecen los alimentos, la supervivencia de uno depende de la conservación del otro…Como dije, la vida pide permiso para vivir.

No obstante, muy a pesar de lo interesantes que puedan llegar a ser estos desiertos, no son los que a mí me interesa explorar.

Mi desierto vive plenamente en donde bulle y fluye la vida. ¿Qué sucede cuándo el desierto se desarrolla en medio de una gran urbe? ¿Qué ocurre cuando va más allá de arenas, hielos, temperaturas extremas y la nada? ¿Qué técnicas de supervivencia se desarrollan? ¿Qué significado toma la palabra desierto cuándo hay vida por todas partes? Me interesan mucho más esos pequeños grandes desiertos que se yerguen en medio de la vida como toda una declaración antagónica.

Veamos qué pasa. Pensemos en una ciudad cualquiera, grande o pequeña, no importa; una ciudad. Pensemos en un individuo, sea hombre o mujer, que vive en esa ciudad. Tratemos de imaginar su rutina (suponiendo que es lo que se considera una “persona plena”). Se levanta temprano, desayuna, se asea —o viceversa —, toma un transporte, se dirige a su trabajo. En ese trayecto, es muy probable que no hable con nadie más, salvo un breve “buenos días”, “permiso” o alguna otra cosa menos agradable. Quitando ese breve intercambio, seguramente se mueva con la mente ida en sus pensamientos. Una vez en el trabajo, como autómata, saludará a sus compañeros de fatigas, quizás comparta una breve conversación y, después, será robot cumpliendo con sus obligaciones. Terminada la jornada, ¿visitará a los amigos? ¿Se quedará con los compañeros? ¿Irá a casa de algún familiar? ¿Regresará a casa? ¿Tendrá alguien esperando a casa? Demos por hecho que sí, que alguien lo espera en algún lugar. De nuevo, ese trayecto. Alguna conversación esporádica de nuevo. Navegará por la red, recibirá algún mensaje como restos de esa vida que alguna vez tuvo y que con el tiempo se está diluyendo en unos y ceros.

Una vez en casa, saludos, “hola, ¿qué tal el día?”; “bien, gracias, ya sabes”; “la cena está en un rato”. De nuevo, esa persona se queda sola, en su mente. Se puede abstraer con la televisión, con Internet, quizás un ¿libro?... Nuevamente busca abstraerse, aunque está rodeado de vida, ese ser lucha por vivir. El medio se vuelve hostil, nada le complace, la solitud lo envuelve. La vida no es más un espejismo de lo que debería ser, envuelto de sueños —espejismos— que hacen la vida más llevadera. Los oasis se tornan alcohólicos, televisivos, se expanden por ondas…

La supervivencia depende de la capacidad de la mente para abstraerse y evocar lugares más prolijos. Cada ser vivo, no es más que un páramo yermo de ilusiones, de sueños rotos, de frustraciones, de curiosidades perdidas, la compañía no es más que un camuflaje, un refugio, porque en el fondo, estamos solos. El desierto se extiende en nosotros. Hagamos lo que hagamos, a fin de cuentas, estamos solos.

Nos vamos perdiendo en arenas de silencio, de perturbaciones, de injusticias, se seca la vida en nosotros. La selva de nuestra infancia se va marchitando poco a poco. Se secan los arroyos de la risa, se vuelven mares de soledad. Dejamos de compartir nuestros sentimientos por miedo a la risa insensata, aumentando así nuestro aislamiento, nuestra soledad. No somos más que vastas extensiones de nada, frías o cálidas, cada vez más perdidas en su propio silencio mortal.


jueves, 18 de julio de 2013

INMORTALIDAD


      Memento mori, ars mori. ¿Vida eterna? ¿Una existencia indefinida que engañe a la muerte? Eso es una condena a cadena perpetua; lejos de ser una respuesta al miedo que supone la pérdida de la vida. Desde el mismo momento en que nacemos, caminamos hacia la muerte. El destino del ser humano no es otro que morir. ¿Qué sentido tiene aferrarse a una vida que no nos ofrece más que miserias y dolores? ¿Por qué querer permanecer en este mundo? La muerte es un acto liberador: ya no hay hambre, dolor, angustia, hastío, inconformidad, necesidades… todo se desvanece. Acaso, ¿es mejor la idea de permanecer en este mundo cada vez más injusto, cada vez más sucio y cada vez más corrupto a enfrentarse a lo desconocido? Borges decía: «No tengo miedo a la muerte. He visto morir a muchas personas. Pero tengo miedo a la inmortalidad. Estoy cansado de ser Borges. » [Borges 1981; cf. Stewart 1993]

Realmente, se me hace repugnante la idea de vivir por siempre jamás. ¿Puede nuestro cuerpo resistirlo? Envejece, se desgasta y degrada. ¿En qué condiciones se supone que debemos llegar hasta el fin de los días del universo?¿Habrá la Ciencia descubierto nuevos planetas y universos en donde habitar o, curiosamente, moriremos a pesar de ser “inmortales” porque no hay en dónde estar?

No obstante, quizás sería recomendable hablar de la idea relativa de la inmortalidad. Me explico. Nuestro cuerpo sí fallece, pero no nuestra idea, nuestra esencia (llámalo alma, si gustas). Permanecemos vivos gracias al recuerdo que de nosotros guardan nuestros allegados. Nuestra esencia remanece viva, nuestra voluntad ahí queda, somos divinidades en miniatura, por ello, inmortales.

Desde la noche de los tiempos, la inmortalidad está a debate: muerte física versus muerte del yo. Obviamente, son planteamientos opuestos uno es la inmortalidad de la vida, el otro de la supervivencia del “yo”. ¿Se alcanza la inmortalidad pasando a la Historia? ¿La Historia de quién? Siempre escriben la Historia los vencedores, jamás los vencidos. Sólo se pasa a la Historia a través de los intereses de los que rigen. Si no se está de ese lado, ¿de qué sirve haber combatido, haber inventado, haber descubierto? En definitiva, ¿de qué sirve haber trascendido si nadie lo recuerda? La inmortalidad está al alcance de todos o de ninguno; todo depende del prisma desde el que se observe. Por mi parte, dejadme morir y dejadme en paz; que nadie me recuerde, que de mí no se hable. Me gusta ser mortal.



viernes, 14 de junio de 2013

OLVIDO


Cesación de la memoria que se tenía. Cesación del afecto que se tenía. Descuido de algo que se debía tener presente. Sí, atendiendo a las definiciones, efectivamente, vivimos en la sociedad del olvido.

No tengamos en cuenta todos los acontecimientos acaecidos en 1917, que culminaron con la instauración del primer régimen socialista del mundo; hagámonos tontos con lo que sucedió en los años veinte del siglo pasado; pasemos por alto lo que acaeció entre 1939 y 1945; borremos de la mente la Primavera del 68 (u otoño según qué casos); centrémonos en lo más íntimo, lo más exclusivo que tenemos, en lo que debiera ser la más preciosa de nuestras posesiones: el yo.

En estos tiempos que corren hemos cesado del afecto al yo. Olvidamos las necesidades básicas del yo: cada vez prestamos menos atención a lo que comemos, no importa de dónde venga; nos lo echamos a la boca sin más. Lo importante es dejar de sentir hambre y hacerlo rápido porque nos apremian. El descanso es algo relativo; sorprende saber que en la sociedad del “bienestar” no se puede descansar; las ciudades nunca duermen y sus habitantes, menos. ¿Qué pasa con la seguridad? Los mercados económicos se mueven, quien tiene un trabajo, tiene un tesoro y en cualquier momento puede ser robado, las “empresas” descuidan a sus empleados, solo les interesan los beneficios; nuestras vidas corren peligro y ya no valen nada, rápidamente se le puede poner fin sin motivo que lo explique. Nuestras propiedades, efímeras, dejan de ser algo presente en la mentalidad del otro y pueden ser violadas, tomadas por cualquiera. Abandonamos a nuestros amigos, curiosamente, cuando más pegados deberíamos estar gracias a las nuevas tecnologías y redes sociales, menos nos reunimos con ellos y peor es la calidad en la relación; somos altamente desafectados.

Ya las relaciones sexuales dejan de ser algo íntimo, se descuida hasta eso. En las generaciones actuales casi ni importa con quién sino con cuántos. No importa la calidad, sino la cantidad y, por supuesto, hacerlo público y evidente. No nos autorreconocemos, nos dejamos pisotear por cualquiera con tal de ser aceptados, tener un trabajo, una posición…  No importa, lambisconear es lo máximo. No existe el éxito, sino Televisa o poder fáctico de turno.

Estamos en tiempos sin memoria. Nadie recuerda o sabe qué pasó con la moralidad, con la creatividad, con la espontaneidad… Vivimos siendo marionetas de… ¿de quién? Ni nos planteamos los hechos ni se nos ocurre resolver problemas porque nos hemos olvidado del YO. En fin, como dijo Lichtenberg: “sobre esto, dejemos crecer la hierba”.